martes, 4 de noviembre de 2008

Enfermedad de Alzheimer

MI ABUELA PADECIO ALZHEIMER

Mi abuela se llamaba Remedios. Nació pobre, vivió en la miseria, la guerra, el hambre y la muerte de tres hijos y....murió loca.

No sabía leer ni escribir. Nunca fue a un colegio. Su compañero de “pupitre” era un triste borrico que la llevaba a trabajar a casa de los señoritos a más de 20 Km de su casa.

Se casó con mi abuelo y tuvieron 8 hijos aunque, tres de ellos, murieron de hambre mientras mi abuelo se carcomía en un campo de concentración tras la guerra civil. Para sacar adelante a sus hijos jamás descansaba. Recogía el carbón que caía de los trenes, servía a matrimonios con más fortuna que ella y, después, mantenía su casa de 20 m2 más limpia que los chorros del oro.

Muchas lágrimas la acompañaron, pero muchas sonrisas afloraban en sus labios en cuanto el más insignificante acontecimiento se lo permitía. Su vitalidad y bondad no conocían fin.

Mi abuela era inculta, pobre y desgraciada, pero era una gran dama y yo, la quería.

Sus hijos crecieron y prosperaron. Nunca más volvió a pasar hambre ni necesidad. Cuando empezaba a disfrutar de la vida (antes no vivía, sólo existía), comenzó a olvidarse de las cosas que había hecho hacía sólo 5 minutos. No había terminado de recoger los platos cuando ya estaba diciendo: “¿pero en esta casa no se come nunca”?. Se olvidaba de dónde colocaba sus objetos (“en esta casa debe de haber algún ratoncillo que roba las cosas de los demás”). Además, remoloneaba para hacer las labores que normalmente hacía con diligencia y barría o fregaba o lavaba los platos de la forma que siempre le había reprochado a su vecina “la guarrindonga”. Se olvidaba en que ciudad estaba o el día, incluso el año en que vivía. Ella, que siempre había charlado por los codos, comenzaba a tener problemas para hablar y, mucho menos para mantener una conversación coherente. Toda la cortesía y la educación que había exhibido a lo largo de su vida se perdieron. No tenía interés, ni sentía motivación por nada. La abuela vivaracha y alegre que era mi orgullo, comenzó a retraerse en el trato con los demás. Pasaba de la risa al llanto con una facilidad asombrosa y sin que hubiese habido ninguna circunstancia que lo provocara. Por las noches gritaba llamando a su mamá y no dejaba dormir a nadie. A las 8 de la mañana, cuando todos nos íbamos a nuestras obligaciones somnolientos, tras una larga noche de verbena, mi abuela, la animadora de la verbena, se quedaba fritita. A pesar que no recordaba a veces ni el nombre de mi madre, guardaba todos los recuerdos de su juventud frescos y diáfanos.

En suma, mi abuela no era mi abuela, sino una persona desconocida que hacía sufrir mucho a mi madre.

¿QUE LE SUCEDIO A MI ABUELA?

Mi abuela padecía la Enfermedad de Alzheimer. Una enfermedad que suele aparecer después de los 65 años de edad. Esta enfermedad es tanto más frecuente cuanto más años va cumpliendo una persona.

No he sido el único que ha padecido este problema de cerca. Alrededor de 700.000 personas tienen esta enfermedad en España y, al menos, 2.000.000 de personas conviven con ellos. Hago especial énfasis en esta última cifra ya que hay enfermedades que sólo hacen sufrir al que las padece pero, ésta, hace sufrir más a los que rodean al paciente que al propio paciente.

Durante años me torturó la idea si, a mi madre o a mí nos iba a suceder igual. Sólo en una mínima proporción de casos, el Alzheimer es puramente hereditario. En algunos casos puede influir la genética y tener una cierta predisposición a padecer la enfermedad. Para entendernos, se tiene más probabilidad de sufrir la enfermedad pero, en modo alguno significa que necesariamente vaya a padecerla.
La enfermedad de Alzheimer consiste esencialmente en la muerte de determinadas neuronas de la corteza cerebral de manera progresiva. Estas neuronas mantienen las funciones de memoria, capacidad de emitir juicios (los prejuicios los emiten subnormales aunque tengan un alto coeficiente intelectual y unas neuronas sanísimas), habilidad, el estado de ánimo, percepción del tiempo en que se vive y el espacio que se ocupa y la personalidad. Así, van apareciendo los síntomas que fueron destruyendo el ser de mi abuela.
En el cerebro de mi abuela se formaron dos tipos de lesiones: unas placas y unos ovillos. Las placas tienen en su centro una sustancia llamada amiloide beta. Alrededor de estas lesiones se produce una inflamación. Esta inflamación es la base para utilizar fármacos anti-inflamatorios en el intento de combatir la enfermedad.
El paso de información de una neurona a otra se hace a través de un transmisor (una especie de cartero) que se llama acetilcolina. En el Alzheimer falta acetilcolina (y no precisamente por una huelga de Correos). Los medicamentos anti-Alzheimer consiguen que la acetilcolina surta más efecto y dure más su acción. Vamos, que los carteros trabajen mejor y muchas más horas y, aunque hayan menos, cumplan bien su servicio.
El estadío final de esta enfermedad es la demencia. La demencia en personas mayores de 65 años se denomina demencia senil. Ni todas las demencias seniles son debidas a la Enfermedad de Alzheimer ni todos los pacientes con Alzheimer tienen más de 65 años. De cualquier forma, el Alzheimer representa las 2/3 partes de las demencias que afectan a nuestros ancianos.

¿PUDO MI ABUELA HABER PREVENIDO LA APARICIÓN DEL ALZHEIMER?

Lo que más influye en la aparición de esta enfermedad es la edad y el sexo. Obviamente mi pobre abuela poco pudo hacer para prevenir estos factores. Las mujeres padecen con más frecuencia esta enfermedad debido a que con la menopausia se dejan de producir estrógenos, que son protectores del Alzheimer.

Los traumatismos craneo-encefálicos hacen más fácil que se desarrolle esta enfermedad así como los factores de riesgo cardiovascular (Tensión alta, Azúcar, Colesterol, obesidad, sedentarismo, tabaco, etc.)

Por contra, hay factores que “protegen” del Alzheimer como el consumo crónico de anti-inflamatorios no esteroideos y la terapia hormonal sustitutiva con estrógenos en mujeres menopáusicas. Por favor, no comience a tomar estas sustancias por su cuenta ya que también tienen otros afectos adversos. Sólo su médico sabrá valorar adecuadamente si los beneficios son mayores que los perjuicios en su caso concreto. Si es hombre, no le aconsejo bajo ningún concepto que tome estrógenos.......se iba a poner usted de mona.

¿QUE TRATAMIENTO HIZO MI ABUELA Y CUAL HARIA EN LA ACTUALIDAD?

Ella murió en 1985. Poca cosa se podía hacer entonces. Se le suministraban tranquilizantes que hubiesen dormido a un caballo y, a ella, apenas le hacían efecto. Los tranquilizantes y los antipsicóticos todavía se deben emplear en determinados casos, pero van apareciendo nuevos medicamentos para el presente y promesas para el futuro

Desde hace pocos años existen un nuevo tipo de medicamentos que se llaman anticolinesterásicos que consiguen aumentar la cantidad de acetilcolina en las neuronas. Tanto el donepezilo (Aricept) como la rivastigmina (Exelon, Prometax) son medicamentos de este estilo con probada eficacia y escasos efectos secundarios (náuseas, vómitos y diarreas al principio pero luego son bien tolerados. No son milagrosos pero hay una mejoría y retrasan la evolución de la enfermedad.

La investigación en esta enfermedad es exhaustiva y son muchos los fármacos en experimentación. La esperanza de conseguir un remedio son muchas. Los estrógenos en mujeres después de la menopausia, el desarrollo de estrógenos no feminizantes para emplearlos en los hombres, los anti-inflamatorios y los antioxidantes serán en un futuro no muy lejano una realidad.

El tratamiento farmacológico es importante pero, más importante si cabe, es el apoyo y asesoramiento contínuo a los familiares por parte de equipos multidisciplinarios que, de alguna forma, les libere en parte de la sobrecarga y, además, forme, informe y apoye a la familia.

Estas líneas están dedicadas a la memoria de mi abuela, y digo bien...memoria. Ella, con su sufrimiento en vida y con su locura en la demencia, me ayudó a apreciar y disfrutar de tantas pequeñas cosas que me hacen feliz. También quiero expresar mi profundo amor, admiración y respeto a mi madre y, por extensión, a tantos millones de personas que viven la desintegración de la personalidad de las personas que aman.

Mi madre también murió con Alzheimer.

1 comentario:

Ricard dijo...

Mi madre tiene 82 años... Y Alzheimer. Está en una residencia, ya no recuerda su nombre, ni reconoce a sus hermanos ni hijos, ni nietas. No sabe que estuvo casada. Apenas habla, las más de las veces balbucea, pasa del miedo a la ira con gran rapidez. Nunca fue muy sociable.

Juan, no estás solo. Las (pocas) veces que voy a verla, se me rompe el corazón, viendo la mirada vacia de mi madre.